sábado, 3 de octubre de 2015

Al rescate de Crepúsculo

   Sí, habéis leído bien. Llamadme rebelde (o más bien loca, por empezar la sección con este tema), pero he venido a defender un poquito a Crepúsculo. Pero antes de que os vayáis indignados y decepcionados con la sección de libros, os aconsejo que leáis un poco más.
   Corría el año 2007 y en España, tras el éxito en Estados Unidos, se empezó a hacer popular Crepúsculo. Yo, con mis 14 añitos recién cumplidos quería, como todas las chicas en la edad del pavo, tener un novio guapo y fuerte que me protegiera. Vamos, lo que se ve en los libros y películas ñoños de la típica damisela en apuros salvada por un príncipe azul buenorro. Pero por otro lado, y a diferencia de mis amigas del instituto, yo ya iba tirando hacia el heavy, el manga y la literatura de fantasía heroica.

   No podía ver ni en pintura los pastelazos que estaban de moda del tipo: Perdona si te llamo amor, A tres metros sobre el cielo o Tengo ganas de ti, del famosísimo escritor italiano Federico Moccia. ¿Entonces qué me quedaba? Pues Crepúsculo. Un pastelón con un toque un pelín oscuro. Que estaréis pensando: “Crepúsculo de oscuro no tiene nada” (y con razón), pero eran vampiros y hombres lobo y para la época eran la caña. Yo ya me sentía una rebelde por no gustarme Federico Moccia ¿y encima me sacan libros de fantasía y romance? ¡Vendido!

   La historia en sí no tiene nada de innovador (si le quitas el factor sobrenatural): chica conoce al chico popular pero inalcanzable del instituto, él se acaba enamorando perdidamente de ella y luego pasa algo para que no puedan estar juntos. Pero, aunque muchos lo nieguen, también traía una brisa de aire fresco: los vampiros, los hombres lobo, las peleas... a mí se me caía la baba. El estilo de Stephenie Meyer... meh... bastante sencillo y previsible, pero bueno, hablamos de libros dirigidos a adolescentes a las que les importa más que Edward bese a Bella que la fina prosa, así que se vendían como churros.

   Claro, luego llegaron las películas y con ellas el desastre. Con un presupuesto ajustado, problemas con la productora y algunos actores poco expresivos *ejem, sí, va por ti Kristen Stewart*, se declaró universalmente que Crepúsculo era una mierda. Yo me tragué las cuatro pelis porque, como fan de los libros que era, me sentía obligada moralmente a ello pero, sinceramente, no las recomiendo.



   Bueno, volviendo a lo que íbamos. Cuando la gente empezó a decir que Crepúsculo era malísimo empecé a sentirme incluso avergonzada porque a mí los libros me gustaban, y preferí unirme a la jauría de detractores que despedazaban la saga antes que reconocerme fan. Pero ahora, unos cuantos años más vieja (y más madura) he de decir que Crepúsculo ¡no es una mierda, señores! Por supuesto que no es una saga que releería a mis 21 años, pero tampoco supone una mancha en mi historial como lectora y en su momento cumplió su función: hacer soñar a una 14/15 añera con un romance con un vampiro.


   Así que no, Crepúsculo no es una obra de arte y no, no representa a los vampiros como muchas personas se los imaginan. Es una saga dirigida a un grupo bastante específico: adolescentes un poco diferentes, que sueñan con un príncipe azul un tanto “rarito” y fuera de lo común. Y, por desgracia, hoy en día va acompañada de un estigma (injusto, en mi opinión), causado sobre todo por una mala adaptación cinematográfica y la incomprensión por parte de personas que no entraban en el grupo de lectores ideales. 

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